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En el siglo XVIII lo representaba magistralmente Goya en uno de sus grabados. Mi abuela María nos metía miedo con él para que no llegáramos tarde de nuestras correrías infantiles. No sé si es un personaje nacional o supra nacional. Le hemos puesto muchos motes dependiendo de la región y la época: El Coco; el tío del saco; Sacamantecas… a mí me entraba el sudor frío de pequeño cuando escuchaba el nombre que le daban en Granada: El Bute.

Era tan oscura su figura como la forma en que nos la mostraban nuestros mayores. La inocencia tiritaba de miedo y sólo la caída del sol bastaba, cuando nos pillaban nuestros juegos retirados de nuestras casas, para que la sombra de su recuerdo, como una espesa presencia, lo cubriera todo.

Dejé de pensar en él hace décadas, y nunca lo proyecté sobre mis hijos: ¿Cómo hacerles a ellos eso?, el miedo es lo último que debería provocar un padre o un adulto a cualquier niño.

Vivimos un tiempo de Butes: el rey, los dirigentes de los partidos políticos, los dirigentes sindicalistas, los banqueros, los dirigentes de la patronal, las fuerzas del orden público, los jueces y fiscales, los vecinos, los tenderos, los amigos, los familiares…

Vivimos instalados en el miedo. Sólo los que no han visto a uno de estos personajes llenar su saco con las pertenencias ajenas de toda una vida de trabajo siguen sonriendo y negando la evidencia, como si los pobres ateridos por el miedo no fuéramos más que niños asustados por cuentos de abuelas.

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