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Me ruborizo. Como cuando de niño tenía que cruzar por una calle estrecha y en el tranquillo de un portal había un grupo de niñas a las que era incapaz de mirar sin ruborizarme. Me ruborizo como si tuviera diez años y mi vecina Maribel me saludara al cruzarse conmigo por el barrio. Me ruborizo cuando tengo que decirte que trabajo para recibir dinero a cambio. Me ruborizo cuando no puedo pagar el alquiler.

Durante años jamás pensé en el dinero. Mi trabajo lo presupuestaban y cobraban otras personas. Yo me limitaba a hacer de forma impecable mi trabajo, y si alguna vez cometía un error; una omisión; un olvido… me ruborizaba porque yo iba a cobrar.

Me ruboricé, como nunca antes, el día que murió mi padre. Me encendí cuando llegué a Granada, tras recibir una llamada suya horas antes en la que me avisaba de su final, y él había muerto. En un segundo pasé del rubor asfixiante al gélido dolor de eso que algunos llaman alma.

Descuelgo el teléfono con la intención de llamarte, para ver si puedes este mes echarme otro cable: me ruborizo y cuelgo antes de que contestes, y casi al mismo tiempo llama él. Me duele darle explicaciones que no le debo ni merece, y cuando se lo hago ver no se ruboriza.

Es extraño como ha cambiado todo. Quizás no tanto… parece ser este un tiempo donde sólo se ruborizan «los culpables». La inocencia es hoy condenable, y cuando lo pienso siento rubor. Mi rostro me delata.

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