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Vuelvo. El ordenador quedó encendido. Abajo en la calle, perenne en la vertical de mi balcón, el viejo falangista toca hoy con su melódica canciones de Manolo Escobar. Curiosamente, anoche en la cena salió su nombre: de mi época de pintor en activo lo conocí en su faceta de coleccionista de arte contemporáneo y su valiente apuesta por jóvenes artistas desconocidos. Esa extraña «contradicción» entre la actividad folclórico-rancia y esa moderna apuesta económico-cultural parece que tampoco pareció creíble para alguno de los compañeros de mesa.

Vuelvo. El cerúleo cielo de Osuna me recibe en este luminoso y caluroso día de otoño. Es interesante como el acento extranjero de un conocido, al que no vemos desde hace tiempo, puede ser más cercano que el de veinticinco compatriotas juntos. El pequeño olivo plantado en mitad del patio de entrada al antiguo convento me recibe siempre con su discreta silueta y una pequeña salamanquesa se pega al suelo ante la gigante huella que se le aproxima y alguien la salva in extremis.

Vuelvo. Mis hijos me reciben con el afecto que me recuerda que un día fui el hijo que esperaba con ansiedad la llegada del padre tantas veces ausente. Me reciben con cariño, me besan y vuelven a lo suyo. Cuando regresaba mi padre me invadía un extraño «síndrome de lapa» que podía, a veces, durar hasta la siguiente ausencia suya. Hola viejo, otra vez me descubro hablando contigo por aquí dentro y casi puedo oír tu voz. No, no es nada grave. 

Vuelvo. Deshago la pequeña maleta y pongo una lavadora. El abuelo de mis hijos rellena «cruzadas de los chinos» en la mesa de la cocina mientras nos hace escuchar un partido de fútbol en su transistor en esta tarde de domingo en que el cielo se pinta en rojo cadmio en Sevilla para recibir al otoño.

 Vuelvo. Estás esperando, algo triste. Me besas y nos abrazamos, nos miramos y me uno a la espera, amor.

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