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Desde que tengo uso de razón he tenido conciencia de vivir siempre rodeado de personas que fingen o simulan casi todo. Ya en el parvulario era capaz de ver como las señoritas hacían como si fueran maestras sin tener preparación ni para ser alumnas.

Recién terminados los 60 conseguí que el padre Bienvenido me viera como a un ángel y me nombrara monaguillo del Sagrario de la Catedral de Granada. Allí conocí a los demonios que se mostraban como santos en horario de misas: bien desde el altar o bien desde las bancadas.

A finales de los 70 yo me ofrecía como diseñador gráfico sin tener la mínima experiencia ni conocimiento. Todos me creían pues la mayoría no tenían ni idea de que cosa era aquella del diseño. Creaba la necesidad a un posible cliente y, una vez convencido, le resolvía como podía su problema (y el mío).

En los 80 un amigo periodista me pidió opinión sobre el aspecto gráfico del diario local recién puesto en los quioscos, en el que él trabajaba, y le solté todo un discurso sobre cómo debería ser y de lo que tristemente era. Una semana más tarde estaba en aquella redacción sufriendo de mi ignorancia una maquetadora a la que nunca estaré lo suficientemente agradecido.

En los 90 me uní a equipos internacionales de comunicación para definir estrategias visuales para una exposición universal. Me puse a las órdenes de «los más grandes de la profesión» a los que cubrí unas espaldas que no servían ni para cargar sacos de papas.

Con la llegada del nuevo siglo me terminé creyendo que era yo un empresario que estaba llamado a contratar a muchos trabajadores y crear riqueza desde el emprendimiento. A mediados de esa década los bancos se mostraron como realmente eran y yo descubrí que seguía siendo un párvulo.

Hoy, ya metidos en la segunda década del siglo XXI, sobrevivo como la mayoría de los ciudadanos; haciendo lo que siempre hice; lo que siempre hicimos en este país: el paripé.

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