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Llegamos casi siempre tarde y con desgana, por más que intentemos aparentar vitalidad y entusiasmo. Exigimos la máxima atención cuando estamos en nuestro turno de palabra para no mostrar el mínimo interés cuando el otro está en uso de ella.

Nunca la responsabilidad es nuestra cuando algo falla. Siempre es del otro al que condenamos con una dureza desproporcionada y saña. Siempre tenemos una referencia comparativa capaz de humillar sin más necesidad que la del placer que nos produce la descomposición del contrario.

La envidia nos corroe cuando en el talento ajeno nos sentimos amenazados y al descubierto como conejos campo a través sin matorral en el que agazaparse. Intentamos a la menor oportunidad golpear certeramente entre las orejas de quien nos deslumbra.

Creemos poseer hermosas colas multicolores que podemos desplegar a voluntad para enajenar la voluntad ajena desde el pavoneo ridículo fijado en nuestro ADN. Somos como aves polvorientas acorraladas que esperan ser desplumadas por noche buena.

Nos escuchamos como si cada palabra nuestra fuera parte de una clase magistral de las que sientan cátedra dentro de contextos tan pequeños como nuestros pequeños análisis ombliguistas que nos situaron tantas veces fuera de todo contexto histórico.

Nos indignamos y pataleamos como infantes a los que se niega en herencia una monarquía y son capaces de incendiar toda una península con los mistos de un general con modales de teniente chusquero convertido en matarife de personas y de ideas.

No tenemos memoria de nuestros actos siendo prodigiosa para recordar las faltas o debilidades de nuestros vecinos. Es selectiva y en ella nos recordamos triunfadores imperialistas del universo y hacedores de todas las cosas memorables e importantes por siempre jamás.

Somos cuarenta y siete millones de vasallos incapaces de tomar una sola decisión que pueda reconducir con dignidad y sentido común su presente y su futuro. Somos lo que han hecho de nosotros nuestros complejos, prejuicios e ignorancia y nos hemos instalado en la periferia de la historia a llorar.

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