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Cuántas horas ejercité escalas sobre aquellas flautas amerindias de caña labrada, vendidas al peso como souvenirs para gringos y europeos que las pagaban a buen precio para luego colgarlas de un clavo en la pared como exótica prueba de un viaje dudosamente realizado.

La falange de mi índice izquierdo muestra la cicatriz que me quedó al pillármelo en aquella cancela en el patio de aquel colegio en la calle Ametzagaña de Donosti, año 67. Frente al colegio, en el segundo piso, al otro lado de la acera, mi abuela María grita los nombres de mi hermano y el mío con angustia tras ver el accidente en la distancia sin poder evitarlo mientras yo le mostraba mi mano ensangrentada y lloraba desconsoladamente.

Un poco más abajo, en el mismo dedo, la cicatriz que dejó un cuchillo cortando jamón en aquella pensión de Trevélez, en la Alpujarra granadina, en un campamento de verano en el que yo trabajaba como monitor.

El nudillo central de mi mano derecha muestra la marca tras una caída en moto en la calle Torneo de Sevilla a los pocos días de instalarme en esta hermosa ciudad. Una pequeña verruga que aparece de forma intermitente, producto del estrés.

Nunca conseguí mantener largas mis uñas. Quizás por ello nunca llegué a tocar bien ningún instrumento de cuerda. Son morenas y de no ser por la erosión y las arrugas incipientes, parecen las de un adolescente.

Giro las manos y miro su palmas. Recuerdo los cuerpos que acariciaron con tanto amor; miedo; pudor; intriga…

Cuántas veces me afané en el intento casi inútil de eliminar restos de pintura. Cuántas veces las hundí en el depósito de arcilla. Cuántas veces froté con aquel cepillo de carpintero aquellas duras maderas. Cuántos vasos con agua helada lavaron en aquel bar siendo las de un niño.

Cuanta sensualidad en el ritual del fumador que fui casi olvidada. Las siempre incómodas explicaciones sobre el motivo por el que mis dedos estaban siempre amarillos por culpa de los productos químicos del laboratorio fotográfico…

Siento una honda sensación de plenitud y agradecimiento cuando miro esos diez dedos esta noche en la que recuerdo las cosas hermosas que me han permitido hacer. Y las que no han hecho.

Pongo mis manos sobre la mesa con las palmas hacia abajo y observo los reversos que empiezan a resentirse del paso del tiempo. Uno mis manos y se estrechan en un apretón antes de retirarme a dormir.

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