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Cierro los ojos; coloco los codos sobre la mesa; dejo descansar la cabeza sobre mis manos; cierro los ojos; y abro los oídos: el rumor aparentemente monotonal se va matizando poco a poco y la riqueza diatónica empieza a mostrar a los individuos y las distancias entre ellos; la altura respecto a mi plano. Se intuyen las diferencias de tamaño, edad e incluso de género.

Abro los ojos y miro al cielo. Sobre mí las libreas brillan y se muestran mágicamente tornasoladas. Que distintas son unas especies de otras; que distintos sus picos; sus ojos; sus vuelos; sus cantos; y todos vuelan libres.

Cierro los ojos entrelazando los dedos de mis manos y reposando la cabeza sobre ellas; entre la diversidad de aflautados sonidos aparece una voz humana; creo reconocer el significado de las palabras pero parecen en mis oídos tan inconexas como los cantos de los pájaros. No consigo entender a pesar de que son palabras de mi lengua vernácula. Abro los ojos, y los oídos. Me pongo en pie y busco a la persona que entona aquellas hermosas y aflautadas palabras.

Sobre una de las ramas del viejo olmo hay un hombre apostado en cuclillas, pavoneándose en cortejo animal a una mujer sentada a su lado. Ambos articulan hermosas palabras pero sin construir oración alguna. Bajo la rama un tipo, con un rifle les apunta al pecho… aquí lo dejo. No me encuentro con ánimo de cuentos. La realidad es así ¿para qué escribir en clave de fantasía si la realidad lo es hoy mucho más?

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