He llegado a una edad en la que las jergas profesionales, ideológicas, religiosas, deportivas o de cualquier otro tipo, me producen un profundo malestar como parte que son de la fealdad que impera y seguirá imperando mientras los humanos estemos en escena empeñados en interpretar el papel de amos del planeta.

He visto a una persona perder las formas, y casi la cabeza, llevando la contraria a otra en una discusión en la que ambas defendían las misma postura: la misma infame idea que otros antes que ellos durante los últimos dos mil años. Incluso han legado a las manos y en sus rostros se ha fijado la evidencia de la nula espiritualidad; de la humana maldad; de una ancestral fealdad.

He sentido la nacional envidia cuando se ha evidenciado que una de mis reflexiones era certera frente a la terca oposición de quienes se olvidan de que no soy más que su igual y desde esa actitud hago uso de mis aptitudes. La envidia se fija en alharacas grotescas sobre el rostro. Intento no sentir nauseas con cada despreciativa mirada de esa ignorante fealdad tan idéntica en todos los rostros en los que se fija y me miran.

He recodado, como recuerdo cada día desde el de su muerte, a mi padre sonriendo con pena a aquellas señoras emperifolladas, que con desdén y cierto asco lo miraban de arriba a bajo cuando les daba una clase magistral de empatía en plena Gran Vía, en la puerta de Radio Popular, dignificando y justificando a la pobre alocada mujer que acompañada de sus seis perros insultaba al mundo desde lo mas profundo de su hermoso pasado. Ya lo decía mi padre; que fea es la gente.

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