Has ido perdiendo la perspectiva sobre tu persona. Cuando defiendes tus ideales; principios; sueños; prejuicios ¿sabes si son realmente los tuyos, o sólo los que te han endosado?

No intentes convencerme, tú verás. Que las ideas sean propias o implantadas poco importa. Las defiendes como si hubieras dedicado reflexión a ellas. Cada minuto que dedicas a tus pensamientos te genera una angustia para la que no parece existir alivio y pasas a otra que te genere menos conflicto mental. Tienes la extraña sensación, cuando te pierdes por un instante en tus pensamientos, de que fuera otra persona la que piensa por ti. Y cortas en seco.

Lo pasas mal cuando te descubres defendiendo lo contrario a lo que querías defender. O cuando me llevas la contraria de forma violenta y concluyes, sin reconocerlo, que estás diciendo justo lo mismo que yo.

Eres tú. Sientes que no eres yo. Me miras con recelo. Piensas que soy una persona ajena a ti, rival, extraña, peligrosa. Y ese sentimiento lo multiplicas por cuantas personas conoces. Pero tú y yo somos la misma cosa. Piénsalo, al menos durante ese minuto de lucidez que alguna vez aparentas tener. Se tú mismo y seremos más que tú y yo.

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