Cómo explicarte que tu calamitosa situación es debida a tu manifiesta incapacidad profesional y a las nulas ganas de trabajar que se te intuyen. Crees que te asisten todos los derechos, aunque no van contigo las responsabilidades ni las obligaciones. No tienes talento. Ni pudor. Ni vergüenza. Sólo eres un inútil.

Tengo que tratarte a menudo. Con cierta asiduidad me hablas desde tu elevada posición ética y es evidente que te has fabricado una mentira que te queda como un guante. Las mías no me ajustan nada bien. Pero no eres tú el problema. Lo soy yo. Hay un extraño mecanismo en algunas personas, yo tengo la mala fortuna de ser una de ellas, que les impide poner en su sitio a los más ineptos abusadores. Luego llegamos a casa, y con las personas que más nos quieren, que más nos respetan, que más nos dan, terminamos pagando lo que para ti debería estar destinado. 

Eres una persona guay. Eres una persona simpática. Eres un primor. No hay quien te aguante. No puedo aguantarte y te escribo para decírtelo, pero no pondré tu nombre. No te daré también eso. Es inútil.

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