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No pude dejar de mirarla en toda la noche. Ella, de cuando en cuando, abría levemente sus ojos para cerrarlos con idéntica levedad, como si desde lo más profundo de su sueño pudiera ver que la observaba, como si alguien se lo «soplara». A pesar de ser mi dormitorio, ella lo hacía otro y me hizo sentir que yo era el invitado, el intruso, el que antes de la salida del sol habría de abandonar el lugar y respetar el silencio y el sueño de aquella mujer que, como único equipaje, llegó unas horas antes con un ejemplar de «La vieja sirena» y depositó sobre mi mesita de noche. Nacieron dos hijos de este amor… y el maestro, al que ella me descubrió, nos deja para seguir vivo en la piel en tinta negra de Krito y en nuestra conciencia, a la que despertó mil veces. Vivo, Sampedro está vivo y nosotros vamos para muertos.

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