Cuando salíamos del Colegio Nacional Duquesa, en los días previos a las vacaciones de verano, gustábamos de jugar en aquella plaza, entonces con piso de tierra, llena de hoyos para las canicas, hincadas de limas y con su fuente circular llena siempre de avispas cabreadas buscando el frescor de aquel agua, que según mi padre, era la misma que la envasada por Aguas Lanjarón, la misma que salía por los grifos de todos los granadinos.

En una de aquellas viejas casas de la Plaza de los lobos, en un bajo comercial de techos altísimos y portalón de madera, atendía su negocio de ultramarinos aquel viejo matrimonio que tenía su humilde vivienda en la oscura trastienda. «La avispa» y «El abejorro», así llamábamos a aquellos ancianos de aspecto triste siempre embutidos en sus batones grises y mugrientos.

Uno de los niños grandes del colegio, al que llamábamos «El niño feroz», se apostaba frente a la tienda, colocaba un adoquín de granito y sobre éste una tabla a manera de catapulta, con la que lanzaba piedras contra el portalón de los pobres tenderos. Hacía aquello para que «La avispa» saliera airada y sacara de su bolsillo una pesa de plomo de la vieja balanza con la que nos amenazaba a propios y extraños y que de cuando en cuando lanzaba con desigual puntería…

Esta tarde, en la puerta del portal de mi estudio en Sevilla, mientras esperaba a que me abriesen la puerta tras llamar al portero automático, un hombre con acento granadino le decía a la mujer que le acompañaba: – La tapa que nos han puesto en ese bar estaba más rancia que el tocino de «La avispa», la de la Plaza de los lobos… El mundo es pequeño.

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