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Las guerras no solo nos quitan, también nos dan. De entre los escombros y restos de nuestras confortables vidas pasadas siempre mantenemos intactos, al menos en apariencia, algunos recuerdos de quienes fuimos, o de quienes quisimos ser, o de quienes seremos finalmente si no nos hundimos en letanías narcotizantes.

Reconocemos una guerra —las hay muy diversas y desfiguradas— por su rostro sin rostro y el anonimato del dolor ajeno. La reconocemos cuando lo cotidiano, como asistir al cine o a una exposición de pintura, desaparece de nuestra agenda. La reconocemos cuando no hay agenda. La reconocemos cuando David se las tiene que ver contra Goliat con apenas una pequeña honda de cuero y una piedra insignificante.

Mis lecturas sobre el siglo XX siempre estuvieron plagadas de referencias a entreguerras y siento ahora que, en el nada flamante siglo XXI, somos referencias ya de una nueva tragedia; ya no soy un ciudadano europeo de entreguerras. Goliat pisotea lo que pensé era mío sólo porque otros lo habían conquistado para mi. Goliat siempre muestra su rostro de bestia antes de golpear a David.

En esta guerra, como en todas las anteriores, hay un David que encuentra las armas para combatir a los imbatibles bestias que pasan por encima de los vivos como si no fueran más que polvo en su camino. Yo he tenido la suerte de conocerlo, y os digo que es fuerte como un pino y generoso como los frutos de una piña. Y ahí estoy, en el fruto, a piñón duro, con todos los demás. ¡Ponme en tu honda y dispara!

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