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Ayer nos cruzamos varias veces en el hermoso patio cubierto. Tu fumabas y yo buscaba el aseo. Alguien formula una pregunta que costó semanas de discusión aclarar, giro para ver tu rostro y me tranquiliza ver que en él se refleja el mismo alivio de quienes terminaron por hallar una respuesta constructiva y que diera solución a un problema largamente estudiado.

Nos hemos visto hoy por vez primera, y aunque nadie nos ha presentado, sin haber mediado una sola palabra entre nosotros, hemos entendido que defendemos los mismos principios éticos y profesionales. Me cedes el paso en el camino al comedor mientras sujetas la gran puerta acristalada. Supongo que ya no te veré más hoy. El camino es largo.

Hablas desde la mesa y todos te escuchamos con ilusión y calma. Sabemos al escucharte que el camino es de ida, que ya no hay retorno. Es evidente tras escuchar tus palabras que el futuro empieza aquí. Cuantos años de amistad y trabajo. Cuantos años leyendo tus crónicas sobre nuestra tierra en aquella tierra que también es nuestra. Parece que hubieran pasado mil años de aquella primera reunión y hablas para todos nosotros con la tranquilidad de saber que somos una piña.

Te veo y cruzo los dedos. La última vez interpretaste erróneamente las intenciones de quienes te invitaban a la reflexión. Te pasó igual en aquella otra asamblea. Pero hoy en tu rostro se percibe la paz, el necesario sosiego, la luz reflejada de la aprobación al trabajo colectivo profundamente reflexionado y creativo.

Te me acercas mientras miro en la pantalla de mi móvil los tweets sobre nuestra reunión y me das las gracias cuando soy yo el que te está agradecido: ahora somos mucho más que dos. Trabajamos juntos hace muchos años en aquel hermoso proyecto, nos abrazamos y nos seguimos reconociendo como los mismos que fuimos y nos abrazamos fuertemente y sonreímos porque sabemos que ahora el futuro sí es nuestro: ahora, además, somos comunicadores asociados.

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