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Nos hacemos mayores cuando entendemos que no terminamos de alcanzar una utopía, cuando nos vuelve a emocionar el primer verso que nos emocionó, cuando la muerte asoma en el horizonte y no alcanzamos a distinguir si va o viene, cuando nuestro cuerpo deja de ser la nave en la que seguir viaje.

Desde que de niño escuché la expresión «viajar a la velocidad de la luz» no he podido dejar de imaginarme maravillosas posibilidades a la velocidad de la mente.

Nos empeñamos, erráticamente, en imaginar la complejidad inalcanzable de una tecnología que permita al ser humano viajar a la velocidad de la luz. Ridículo deseo éste de quienes tenemos la capacidad de viajar a la velocidad de la mente.

Nunca el hombre alcanzó un sueño, una idea, una utopía, si no la imaginó antes. No es hasta que descubrimos una nueva galaxia que no establecemos la distancia entre ella y la nuestra, como si la propia estuviera a un tiro de piedra.

Hemos establecido, en el conocimiento, la luz como unidad que nos permite establecer las distancias en el universo conocido y el intuido: años luz. Pero no así, en la ignorancia, la imaginación como la unidad de medida superior.

El pensamiento no necesita maletas: la imaginación viste y abriga mucho en el inconmensurable espacio. El espacio físico sobra y la nave no necesita trasportar nuestro viejo cuerpo cansado.

Es la luz en la que viajan nuestras ideas, nuestros anhelos, sueños, conocimientos, utopías…  es en la luz en la nave que viajaremos fuera de este cuerpo, de este mundo, de esta vida. Seremos luz viajera.

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