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A los pocos minutos de bajar de aquel tren que nos trajo desde la oxigenada Donosti, apoyada sobre mi tío -su marido- que parecía su bastón delgado y tieso, una señora inmensa afirmó con toda la contundencia de su acento sureño que los tres hijos de mis padres eran tres chaveas muy bonicos y muy finos.

En aquella Granada, que nos recibió admirada por nuestra capacidad para pronunciar las eses sin aspirarlas hasta la transformación en arrastradas jotas, encontramos nuevas palabras que ya nos acompañarán hasta nuestra muerte y que nuestros hijos, nacidos también lejos de donde lo hicieron sus padres, las van descubriendo solo en nuestro accidental uso.

Había, hay en esta palabra, fuertes componentes de reconocimiento, crédito, protección, afecto, empatía. Me asaltó, al ser consciente de ella, una gran duda ¿cómo se definía, se llamaba, se nombraba, a los chaveas en los sitios donde no conocían la palabra? Llegué a la conclusión de que el uso debía ser el de chavales, pero no resultaba igual; sonaba poco afectivo, casi despreciativo.

Los niños en nuestra sociedad han ido perdiendo peso y espacio. Se les ha relegado a meros imitadores en versión reducida de los adultos: borregos domésticos que balan igual ante el frío o el calor, ante la vida o la muerte. Consumidores de tecnología que los hace invisibles ante los adultos y ante ellos mismos.

No puedo evitar imaginarme una extraña situación en la que una canilla grandota y con acento de Graná, con enorme moño gris, apoyada sobre un calcificado bastón que recuerda a nuestro difunto tío,
dice con una espléndida sonrisa entre negras mellas lo finos y bonicos que éramos los ahora cincuentones chaveas.

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