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Te escuchas, te gustas, te reinterpretas, te inventas, no escuchas a nadie más, y otros piden la palabra. Haces como que escuchas, pero solo piensas en lo que dirás, en lo que te gustarás cuando en unos minutos te reinventes, cuando el otro se calle y solo se te oiga a ti.

Hay trescientos de nosotros y todos tenemos cosas que decir, ideas que queremos  que sean escuchadas por los otros. Uno a uno vamos tomando la palabra. Algunos tenemos el encargo de otros que no pudieron asistir y somos portadores de sus palabras e ideas. Otros no están aquí porque todos no podemos estar físicamente, pero todas las voces han de ser oídas.

Tomas la palabra una vez más, y te escucho atentamente dejándome mecer por tus palabras, por tu tono, por tus ideas. Ahora, una vez más, sigues hablando solo de ti, de tus ideas, de tus objetivos, de tus necesidades, de tus dudas, de tus recelos. Pero estás en el turno de palabra que pediste en representación de los que no están físicamente, de aquellos a quienes representas y tú solo te escuchas a ti, tu solo te inventas a ti, tú solo dices y defiendes tus ideas, tus intereses, tus objetivos. Tú, solo tú.

Vas en tu coche de regreso a tu ciudad. Vas satisfecho. Te has gustado. Vas a recorrer unos pocos de kilómetros, pero ellos no. Ellos tienen varias horas de viaje hasta llegar a su ciudad. Vas pensando en lo que has dicho, cómo, cuando y porqué. Ahora, por un instante, te asalta la duda, te interrogas, buscas en tu memoria los rostros, los cuerpos, las palabras, las ideas, los enfados de los otros… y solo se oye tu voz ahí dentro: segura, firme, entonada, envolviéndolo todo y a todos en aquella sala a media luz, con el power point proyectado sobre la vacía pared de la sala donde se reunió tu comisión. Vacía, como tú.

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