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El sabor de su sudor es distinto, incluso algunos ni sudan. Los hay que sudando mucho lo hacen por el calor, otros por que la policía está tras su pista. Los hay que, cuando están de servicio, sudan porque les gusta dar con todas sus fuerzas con la porra sobre las espaldas de sus semejantes. Otros sudan porque la persona con la que comparten su vida está de descanso hoy y ayer no usó la porra en la calle y usará el puño hoy en casa contra su semejante.

El olor de las mentiras es distinto entre semejantes. Es amarga la mentira del pobre cuando la tiene que lanzar contra un semejante al que le importa poco la verdad. Es salada y produce un profundo escozor la mentira cuando se cuela en la llaga que ha dejado una rotunda verdad. Son inodoras las mentiras de los gobiernos que dedican parte importante de lo que le roban a sus semejantes en perfumar el detritus indestructible de los poderosos a los que sirven, sostienen  e imitan.

El color de las neuronas no viene dado por la velocidad con la que excitan su membrana plasmática, sino por la mala leche con que nuestros educadores quisieron estimularlas cuando no matarlas. En las neuronas se produce una metamorfosis cromática ante la estimulación a través del tacto o la vista ante el papel moneda o los ceros manuscritos a la derecha de cualquier número semejante o no a uno primo. Hay partes de las neuronas, color aparte, que se asemejan a ristras de chorizos como muchos de nuestros semejantes. El color sobre los cuerpos modifica la conducta de nuestros semejantes.

El tacto con nuestros semejantes es cada vez más ajeno, más improbable, más invisible. El tacto entre los semejantes es virtual y aséptico, lejano, condicionado e incluso impuesto. No hay tacto o se toca en falso. A pesar de que con todo el tacto de nuestro cuerpo nos tocamos a nosotros mismos, hay quienes se sienten extraños y rechazan todo contacto con semejante cuerpo.

El sonido que producen las palabras de los semejantes a veces parece cercano y aterciopelado, sea en nuestra lengua o en otra imposible de descifrar. El sonido ensordecedor del latir de toda una sociedad apaga la lúcida percepción del sonido vocal de quienes nos dicen como debemos proceder para no seguir siendo descompuestos y atomizados en millones de débiles semitonos al unísono en un grito que solo nos hace despreciar y no querer tener nada que ver con  semejantes semejantes.

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