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Hace cien años llegó a Ronda y se quedó un tiempo: Rilke, el poeta. He tenido la oportunidad de diseñar un logotipo para la celebración de la efeméride por encargo de la Real Maestranza de Caballería y en una aproximación al personaje he quedado atrapado en sus elegías de Duino y sus ángeles laicos, sus hombres celestiales que serían la envidia de cualquier creyente cristiano. Hombres que muertos son mucho más que dioses.

Los seres de Rilke, con su muerte, consiguen al fin vivir con una intensidad inimaginable para los humanos vivos. Son invisibles a los ojos de los hombres, ya que nos cegarían. No los vemos, pero sabemos que están ahí. Los ángeles de Rilke son librepensadores.

En sus elegías sobre estos seres metafísicos, que me han atrapado y de las que desde ya me declaro ferviente admirador, no me parece que el poeta planteara la posibilidad de que en el mundo visible, y por razones extraordinarias igualmente incomprensibles para lo vivos, pudiera darse el caso de encontrarnos frente a frente con uno de estos seres, pero tras pensar mucho en ello personalmente estoy convencido de que sí, de que algunos, muy pocos, están entre nosotros y son quienes hacen posible una mínima armonía y la supervivencia misma de nuestra especie.

Los últimos cinco años han significado para muchos la redefinición de la especie, la asimilación de la mezquindad y la miseria humana, lo terrible de la ignorancia y la falta de empatía. En este tiempo muchos hemos tenido que aprender a reconocer al depredador mirándonos en el espejo.

En los primeros momentos del gran ataque de La Bestia, con sus primeras dentelladas, pude ver el rostro más mezquino de los hombres: el arrebato de envidia de aquel a quien proteges y que a tus espaldas se convierte en barrenero para hacer saltar por los aires los pilares sobre los que se sostiene su propio bienestar solo por envidia. Envidia vulgar. Triste y corrosiva envidia.

Creo en ese otro mágico humano que estaría entre el ángel de Rilke y el suprahombre de Nietzsche. Conozco muy pocos, pero conozco a esos mágicos humanos: uno en Elche y otro en Sevilla. De ellos aprendo para cuando llegue el momento de vivir en mi muerte.

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