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Nunca entendí como siendo tan nervioso un niño puede ser tan obeso. Mi abuela María decía que yo era gordito porque era un niño muy tranquilo y, por extensión desde entonces cada vez que me trato con una persona con sobrepeso, no dejo de sorprenderme si este principio no se cumple.

Los hermanos Pedro y Pablo eran compañeros de juegos del barrio. Ellos estudiaban en los Maristas y tenían aire de notarios, como su padre que lo era, e incluso vestían como él a pesar de ser unos chavéas: camisas de manga larga blancas con polos de colores pardos y pantalones de pinzas pata de elefante gris. Eran los setenta y contrastaban con el resto de sus amigos que vestíamos mini pull cortísimos de colores puros y muy ajustados sobre camisas de cuellos enormes y pantalones exageradamente acampanados. Sus rostros siempre brillaban y comían a todas horas grandes bocadillos de pan de Alfacar untado con paté la Piara. Se turnaban en la conversación: si uno hablaba el otro mordía y masticaba y viceversa. Los demás simplemente escuchábamos su discurso y nuestras tripas.

Éramos la generación del desarrollismo, los primeros niños españoles que jugábamos con muñecos, bélicos, pero muñecos. Los soldaditos, los indios y pistoleros de plástico monocromos y pequeños habían dado paso a los grandes de pasta, articulados, con vestimenta de tela y complementos chulísimos: habían aparecido los Madelman, y los hermanos Pedro y Pablo se lo tomaron como una cuestión casi religiosa, desplegando todo el poderío de su posición social para hacerse con todos los modelos, vehículos y complementos. Con mi pequeña paga llegué a conseguir hacerme de un soldado colonial con salacot, pistola al cinto y rifle.

Yo hacía equipo con Ángel, el mayor del grupo. Un tipo rubio, alto y muy delgado que apuntaba maneras de falangista desde crío. Sus padres tenían una pensión y un bar en mi calle. Los lustrosos hermanos vivían en la calle paralela a la nuestra y las batallas se desarrollaban cada día en una de nuestras casas. Cuando tocaba la mía solía ser una de las batallas más sangrientas, ya que disponíamos de mi gran azotea llena de macetas y trastos por los rincones que hacían las delicias de aquellos carniceros. Los hermanos no paraban de narrar los acontecimiento por adelantado y como el que retransmite un partido de fútbol. Se emocionaban tanto que se les escapaban hilillos de baba por las comisuras de sus labios extrañamente finos para aquellas redondas y carnosas cabezas.

Mi compañero de batalla disponía de cuatro madelman militares vestidos de blanco para camuflarse en la nieve. Yo era el más pobretico y mi muñeco era el que peor parado salía siempre, lo que parecía producir un especial placer en aquellos compañeros de juegos.,

Eran los años setenta y aquella amistad duró hasta poco después de la muerte del dictador. Cuando los padres de aquellos amigos supieron que la mía era una familia de rojos me hicieron el vacío. Un día que me lo crucé en la Plaza de la Trinidad a Pablo, el pequeño de los hermanos, le pregunté cual era el motivo por el que ya no nos veíamos en su casa para jugar a las batallas y su respuesta fue muy breve: mi padre dice que no caben los ateos en la Iglesia de Pedro y Pablo.

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