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El testigo lumínico me advierte desde hace varios días de que para seguir avanzando debo repostar. Hago pequeños e inevitables trayectos entre el pueblo y la urbanización en la que estamos pasando unos días por gentileza del banco «bueno» que nos daba crédito cuando no éramos clientes «malos». La gasolinera más cercana engaña en el octanaje, por lo que estoy apurando hasta, aprovechando las sinergias de un desplazamiento con otro recorrido, repostar en una gasolinera de la que no me conste el engaño. Hay cuatro turismos por delante del mío y espero turno. Un anciano, en un mercedes de un modelo muy antiguo pero bien cuidado, discute con el operario de esta gasolinera en la que paro por vez primera. El cliente muy indignado acusa al operario de estar engañándole y exige le saquen las medidas para una comprobación.

Hace mucho calor. Las luces encendidas contribuyen a elevar la temperatura de la vivienda y la factura de Endesa. Dicen que terminamos, todos, pareciéndonos a nuestros padres hasta un punto en el que las diferencias son mínimas e irreconocibles. Mi viejo andaba todas las noches por la casa de habitación en habitación apagando luces y repitiendo una y otra vez la misma frase: «como se nota que vosotros no tenéis que trabajar para pagar la luz». Lo intento pero no encuentro mejor frase y es la que esta noche, una vez más, repito una y mil veces a mis hijos. Me acerco al espejo del cuarto de baño para ver si el rostro sigue siendo el mío.

Algunos supermercados que iniciaron con gran éxito su actividad comercial con políticas de precios y calidad que hacían la puñeta a las grandes superficies consolidadas han ido subiendo los precios y han sobrepasado a sus grandes competidores. Muchas de las llamadas «primeras marcas» o «marcas líderes» han decidido bajar sus precios y ahora están por debajo de muchas otras de las llamadas «marcas blancas» o «marcas baratas». Durante años compré en el súper de «El Corte Inglés» por tenerlo a un tiro de piedra de mi estudio y jamás me planteé la diferencia de precios respecto a otras opciones: el tiempo que pudiera peder en ir más lejos a por los mismos productos a mejor precio me salía muy caro. Ayer vi al encargado de uno de esos supermercados «baratos» salir cargado de bolsas del súper de “El Corte Inglés”. En todos cobran las bolsas.

Estoy quitando acículas de pino del tejadillo que da al dormitorio de los niños, se acumulan en él las arañas y luego se meten en la casa como okupas. Un vecino, que antes del robo de La Bestia siempre estaba en el club social pavoneándose ante las adolescentes pijas hijas de los nuevos ricos que tras el pelotazo eligieron ésta como plaza en la que instalar y mostrar su palmito, se remoja como puede en una pequeña piscina desmontable en mitad de su parcela sobre un césped amarillo por falta de riego. Se le ve deprimido, ya no muestra su aire altanero y autosuficiente de hace varios años. Siento lástima por estas víctimas sin recursos que lo tuvieron todo y lo que hoy mantienen les parece manifiestamente deprimente. Una lástima similar a la que siento por perros abandonados por sus amos aprovechando la parada junto a unos contendores de basura camino al apartamento de la playa, amos de perros abandonados con bonitas urbanizaciones en el campo como ésta.

En los últimos cinco años he perdido muchas cosas, pero todas juntas no alcanzan a sumar el valor de lo recuperado: la capacidad de reconocer a los vampiros a la luz del día sin necesidad de usar ajos y la sorprendente constatación de que un extraño puede ser más generoso contigo que tú con tu propio hijo. Se va muriendo agosto y con septiembre llegará un nuevo ciclo que esta vez se me antoja convulso. No sé si podré disponer de tiempo, fuerza y ánimo para seguir escribiendo regularmente en este espacio que me habéis hecho sentir con vuestra presencia como singular y entrañable espacio común. De no ser así carecerá de importancia. Una de las cosas que he aprendido con la edad es que las cosas se hacen, cuando hay que hacerlas, no importa por quién. Se hacen porque siempre hay personas dispuestas a fabricar un mundo a partir de una pequeña fracción; de un instante.

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