Cuando volvemos al campo, casi siempre a regañadientes, los urbanitas terminamos fascinados una y otra vez. El rugir permanente de la ciudad, más si se trata de una tan ruidosa como Sevilla, parece no desaparecer hasta el momento en el que ponemos pie en tierra, en la tierra con nutrientes, con elementos orgánicos en descomposición, rica en minerales y cristalizaciones, en diminutos cadáveres, tierra solo manchada por la tierra, la tierra del campo.

La intendencia en el campo es complicada. Si no madrugas el calor de agosto lo invade todo, incluidos tu cuerpo y tu mente, y hay tareas que no se deben postergar. Interesante rutina que contrasta con la urbana. Aquí el café no llega hasta pasadas varias horas, es el justo premio que hay que ganarse.

Estoy sentado ahora, cuando el sol ya se cuela impertinente por la espalda como a traición entre el álamo blanco y los cipreses, descansando por la fatiga propia de quien durante mucho tiempo ha descuidado su cuerpo y se resiente ante los cotidianos esfuerzos físicos propios de este medio. Descansa mi espalda sobre el respaldo de la cómoda loneta de mi viejo butacón de aluminio imitando hierro forjado y mis muñecas descansan sobre el canto de la mesa circular de cristal sobre la que está mi pequeño portátil y sobre el que mis dedos esperan las ordenes para escribir.

Por encima de la pantalla termina la mesa y más allá, haciendo paisaje, un pequeño camino sobre la tierra y la hierba hecho con grandes piedras de pizarra gallega muestran sus oxidaciones e iridiscencias producidas por el agua del riego de hace unos minutos.

En la oquedad de una de las piedras se ha formado un pequeño y fresco charco en el que un diminuto pajarillo plateado con librea blanca se acicala en un baño de buena mañana en el que se afana durante varios minutos. De allí vuela a un palmito, a un álamo blanco y finalmente sale a la caza de una libélula que nunca debió elegir ese camino.

El caño de agua llenando la alberca, el viento entre las hojas de la grandes ramas de los árboles, el canto de pájaros entre los que se alcanzan a distinguir hasta una docena de especies, varios perros ladrando a un extraño que pasa junto a su cercado, el limosnero maullido de la gata preñada reclamando su desayuno, el zumbido siempre amenazador de un abejorro, la chicharra lejana e incesante, las zancadas de un vecino corriendo bajo los primeros rayos de sol en un intento inútil por huir de su propio destino… todos son sonidos naturales, todos menos una motosierra de fondo.

Desde mi despacho de Sevilla el sentido de los sonidos es el inverso y solo uno natural entre todos los artificiales: los chillidos de los apus apus frente a los compresores de los aires acondicionados, las motocicletas, las alarmas de los negocios, las bajadas o subidas de las chirriantes persianas de los comercios, los camiones del reparto, el motor del viejo ascensor… en unos días otra vez estaré allí.

Es aquí, en la quietud entre los árboles y el canto de las aves, donde consigo al fin escuchar el rumor de una máquina que casi nunca consigo escuchar a causa del molesto y permanente ruido de la ciudad: los extraños sonidos de mi propio cuerpo.

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