Aquellas larguísimas tardes de agosto en Granada, tirados en la calle sin que nuestras madres nos echaran de menos, gustábamos de sentarnos en algún bordillo en la Plaza de la Trinidad o en la de Los Lobos, deslomados tras jugar al “Churropicoterna”, y dejar paso a la palabra.

No era muy bueno saltando, y por ser el gordito del grupo me tocaba hacer siempre de acolchado juez. En el fútbol me colocaban de portero. Casi siempre sostenía yo el pañuelo. El momento de sentarse y dar paso a la palabra era el momento que yo más disfrutaba con los amigos del barrio, el momento mágico.

Acabados los juegos más brutales, solían unirse al grupo las niñas. Sin ellas y su palabra aquellos momentos habrían estado vacíos, pues ellas solían aportar la información más valiosa en el momento preciso, que solía ser muy a menudo.

Recuerdo aquellas charlas como algo casi sagrado, como una confesión colectiva donde cada uno de nosotros éramos confesor y confeso. No eran momentos para trolas, y cuando se le pillaban a alguno se le reprochaban como en ningún otro momento. No jurábamos ni prometíamos por nada o por nadie, solo ante lo increíble o asombroso de lo relatado dábamos nuestra palabra.

Nuestra palabra. Sí, éramos propietarios de ella y sentíamos que nada podía tener mayor valor, como mucho el mismo: la palabra del otro.

Han pasado los años y algunos de aquellos compañeros de juegos y charlas ya no están, y la mayoría de los otros habrán empeñado o vendido su palabra.

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