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Nuestros sueños, los que organizamos cuando dormimos, no solo son parte de la memoria, no solo son recuerdos. Cuando soñamos en el sueño profundo, vivimos profundamente. Soñar despierto es desear, anhelar, recordar, imaginar. Cuando soñamos despiertos, morimos profundamente.

Anoche, tras meterme en la cama, al poco de alcanzar mi vida profunda, ya era Granada y bajaba de la mano de mi abuela María por la calle Real de Cartuja bajo.

Mientras escribo esto Maruja, la hija de María, mi madre, estará tejiendo con su aguja de ganchillo y su hilo perlé junto a la ventana desde la que se ve Sierra Nevada a tiro de piedra en su piso de alquiler en Dúrcal.

Ya vamos por la Gran Vía. A mi éste me parece el camino más largo, pero a María le gustan los escaparates y se para en casi todos, lo que a mí me ”mata”: no hay nada que canse más que andar a paso lento y con paradas intermitentes. Mi abuela tiene problemas de circulación en sus piernas y las tiene muy hinchadas. A cada parada o descansico se queja del dolor y se lamenta de lo malo que es llegar a viejo.

Ya hemos alcanzado la Capilla Real y la Madraza, pero ella nunca se mete por ahí, prefiere llegar hasta la calle Zacatín. Siempre, al llegar a la esquina de Cortefiel, comenta “Éste es el escaparate más bonico de Graná y el muchacho que lo pone es el mismo que viste todos los años a “La Tarasca”.

Mi infancia es un recuerdo lleno de lagunas mentales, pero en mi vida profunda todo es diáfano y claro a cada segundo vivido. En mi vida profunda se dan instantes coincidentes con momentos recordados del pasado, pero otros muchos momentos no son inspiraciones o coincidencias, son vivencias nuevas con personas a las que queremos y dejaron de estar entre nosotros.

Cada tienda, cada portal, cada casa, cada plaza, cada calle, eran rememorados por María cuando la acompañaba en sus compras a las tiendas de hilaturas que se apilaban junto al Sagrario y la Catedral. En todas entraba para preguntar precios y buscando un color especial de hilo, o una aguja de un número raro. La compra al final siempre era la misma: un par de ovillos de hilo perlé y ocasionalmente alguna aguja.

María murió hace 25 años, pero me visita muy a menudo y me pasea por una Granada que ya no existe ¿o sí existe?

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