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Han sido muchos años guardando las apariencias. La nuestra es una cultura donde la importancia de las apariencias es mayor que cualquier otra consideración, incluida la honestidad cierta. Esto lo podemos ver con claridad en situaciones como las que en estos años se están dando, en las que miembros de las castas superiores están robando al pueblo los recursos fruto de su trabajo presente y futuro con total control sobre las formas, y aún siendo evidentes sus implicaciones en la fechorías económicas mantienen la formas, que los exoneran ante los jueces y políticos casi siempre fieles defensores de esas formas y el modelo de Estado que solo se basa en ellas.

Deberíamos aprender de ellos, de sus formas, sin tener que ser como ellos. Abandonar hábitos que tan feos son estéticamente, como las manifestaciones por las calles de nuestras ciudades exhibiendo las siempre amenazantes banderas rojas acompañadas de los puños en alto y las consignas de corte ofensivo y zafio.

No podemos ingenuamente escenificar el asalto a los supermercados a por alimentos, ya que lo interpretan y enarbolan como el ejemplo más evidente de que la situación en la que nos encontramos es debida a la chusma que impide el normal desarrollo de la actividad productiva. Mantengamos las apariencias.

No atentemos contra la siempre ¨incuestionable“ propiedad privada. Trabajemos para pagar nuestros alimentos y productos de primera necesidad, como siempre lo hicimos. No es el momento de revoluciones ni revueltas. Mantengamos las siempre rentables apariencias.

Organicemos grandes grupos de ciudadanos a los que instruir en las formas. Adiestrémonos en las artes que tanto aprecian nuestras castas. Seamos amables e inclinémonos correctamente a su paso. Besemos sus manos y el suelo que pisan. Creemos un gran corredor humano que vertebre el país de norte a sur, donde los ciudadanos con sus mejores galas mostremos pleitesía a todos y cada uno de ellos: jerarcas de las iglesia, miembros de la familia real, grandes banqueros y altos ejecutivos a sus órdenes, políticos y jueces que les guardan las apariencias. Hagamos que desfilen ante nosotros y mostrémosles nuestras mejores apariencias, que sientan que hemos asumido sus formas, que somos el pueblo con el que siempre soñaron. Pregonemos sus ilustres nombres a su paso, y el de sus padres y abuelos y cuantos antepasados seamos capaces de rememorar, los títulos nobiliarios si los tuvieren y todas sus gracias. Hagamos que ese paseo ante el pueblo sea algo que en los anales de la historia de las apariencias no tenga parangón. Arrojemos pétalos de flores a su paso mientras coros de niños obreros, limpios y con sus mejores ropas, entonen cánticos que llenen de júbilo a plebeyos y señores.

Por una vez, al final de la marcha no habrá ni chirriantes altavoces ni viejos sindicalistas mitineros. El cortejo con la mejor de sus apariencias irá desfilando ante un sencillo entarimado de madera donde una cuchilla bien afilada y reluciente recibirá a cada uno de ellos, y mientras ellos pierdan sus cabezas nosotros mantendremos las apariencias.

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