Luces que se encienden y luces que se apagan. En esta esférica embocadura, en la que enmarcamos nuestros más delirantes dramas, luces y sombras constituyen el reloj con en el que medir la vida, su intensidad, su fuerza, su temperatura, su pulso, sus tempos… y la muerte. Nacemos y morimos infinidad de veces en los infinitos giros de ese teatro-reloj.

Hay vidas que ensombrecen a las otras, pero también hay difuntos que nos dan su luz, porque en su vida proyectaron tanta que como las estrellas que murieron hace millones de años nos acompañan cada noche sobre nuestras cabezas haciéndonos creer que estamos vivos.

Nuestro imaginario (y Hollywood) nos juega malas pasadas, y nuestra memoria es modificada al antojo de quienes la repudian: en Granada, es solo un ejemplo de los miles que podríamos tomar, hay un ridículo hombrecillo gris cuyo afán no es otro que eliminar pequeñas placas de respeto sobre el muro del cementerio de la plúmbea ciudad. Bajo esa tapia yacen miles de luciérnagas a las que se aplastó y sepultó de noche, cuando las luces callan, solo por la amenaza que podían suponer sus pequeños resplandores para la oscuridad impuesta .

En esta tierra donde la buena dirección del camino no se establece con la brújula si no con un santiguarse ante un oscuro Dios difunto que lo oscurece todo a su paso, vivos y muertos, sombra y luz, arriba y abajo, izquierda y derecha, todo se disloca, es difícil distinguir a un difunto de un vivo, porque unos y otros se enrocaron en una partida nunca terminada a causa del secuestro del tablero por el jugador que iba perdiendo.

Entre tinieblas, si se abre el libro correcto, algún vivo puede morir del susto, de igual manera que un difunto toma vida y es capaz de erguirse sobre su propia sombra brillando con una intensidad jamás antes vista e ilustrar y disipar nuestra ignorancia.

Yo, desde que tengo uso de razón, y esto sucedió millones de años antes de nacer, cuando era ya un difunto, busco la la luz en personas, plantas, animales y minerales, porque es la luz que hay en los cuerpos vivos o muertos el único alimento con el que alimentarse para poder vivir eternamente. Cada noche, como un niño antes de dormir, doy las buenas noches a la luz, a esa luz que puede estar igual en una luciérnaga que en un difunto.

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