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Te leo, detenidamente, te leo. Reflexiono, muy detenidamente reflexiono sobre tu texto y lo ilustro mentalmente con la imagen que me he creado de ti a partir de un encuentro en una manifestación en el que nos presentó un amigo común; la foto de aquella campaña; la pequeña foto ilustrando tu columna del diario; las dos o tres fotos en tu perfil en las redes sociales; presentado a otro autor en una feria del libro…

El tiempo pasa factura y no recuerdo cuanto hace, pero siento que es mucho el tiempo transcurrido. Estábamos tomando una cerveza y, tras una de aquellas interminables discusiones políticas en la sede del partido, en tu nombre estaba el origen de la discusión. Siempre las discusiones eran más acaloradas cuando se hablaba de una mujer. Por mucho que el programa o las ideas fueran las mismas, si era mujer la crítica hacia ella siempre era más feroz.

Ahora, cuando escribes, no representas a nadie más que a ti misma, pero tu opinión la toman prestada miles de personas que sin la tuya estarían desarmadas frente a quienes desde la otra orilla les disparan con las suyas enranciadas. Antes me parecías siempre más contundente, más «cañera», más política. Ahora te leo y tu opinión me empieza a parecer más tuya, menos sometida a la la discusión de taberna, más disfrutada en la escritura, más versada como diría la madre de mi chica.

Es ahora, en este tiempo difícil para las libertadas y lo conquistado por quienes ya no están para defenderlo, cuando espero encontrar entre tus palabras, tus frases, tus explicaciones medidas, la necesaria opinión, tú opinión.

Sigue escribiendo, compañera, es lo que mejor sabes hacer.

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