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Veo escrito con arrugas sobre tu rostro el cosmopolita viaje que nunca te imaginé. Siempre te vi como un Robinson urbano atrapado en una isla de provincias capaz de describir, como nadie, un mundo interior de amplios horizontes: el interior es infinito. Lo visible, lo físico, lo medible en kilómetros o años luz es un recorrido de extremadas limitaciones que no se dan en el universo individual.

Aunque desde crío pasaron por mis manos periódicos, de los que sus columnistas siempre fueron útiles testigos de lectura para marcar el camino hacia mi propio pensamiento, no fue hasta encontrar tu columna en mitad de aquel vasto océano de papel que sentí la profunda importancia en mí de tus textos.

Aquel pequeño libro de bolsillo, con tu caligrafía sobre la página de respeto dando cuenta de tu solidaridad por un acontecimiento que me afectó al punto de ser el detonante para dejar aquella ciudad, recopilando tus columnas fue parte de un ligero equipaje que sigo teniendo siempre en el fondo de mi maleta por si tengo que huir una vez más.

Sigo viendo, apesar de las arrugas de hoy, el brillo y los tersos carrillos sonrojados, y aquel mostachón negro e impecable que acentuaba la paz facial de tu rostro y evidenciaba la seguridad del destino que ya te habías fijado.

Estoy moviendo libros en la estantería buscando entre tus obras, algunas leídas varias veces y otras que no consigo concluir (…), el viejo librito de bolsillo en rústica pero no doy con él: es lo que suele pasar con las cosas que tienen vida…

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