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Cierro los ojos. He dormido ocho horas, cuando normalmente duermo cuatro. Abro los ojos y con ellos los oidos. Es temprano, de amanecida. Mes de julio y los vencejos emiten sus gritos agudos. Cierro los ojos de nuevo e intento comparar los sonidos que me llegan con los que recuerdo de niño. Que distintos.

Los vencejos estaban allí la primera mañana que desperté en Granada tras el viaje definitivo desde el norte. Sí, también en San Sebastian, pero no había reparado en ellos, estaban muy integrados en mi paisaje interior y no recuerdo escucharlos al despertar allí. Tampoco recuerdo campanas, pero allí estaban las de El Buen Pastor. Ahora suenan las de la catedral. He tenido quince domicilios en esta ciudad y desde cada uno de ellos las campanas de la Giralda me han sonado distintas, como si el badajo hubiera cambiado de tamaño o posición en el interior de ellas con cada una de mis mudanzas.

Abro los ojos y me enfrento a otra semana difícil. Como cambian las cosas. Como percibimos diferente lo que no deja de ser igual. Antes de darme una ducha miro por la ventana. Los vencejos apenas se detienen nunca. Hacen su vida en el aire, y así duermen, se alimentan y copulan en vuelo. De los doce meses del año, nueve permanecen en movimiento a un palmo de tierra o a dos mil metros de ella.

Cierro los ojos mientras camino por las calles del centro para escuchar el pulso de mis semejantes, pero solo escucho vencejos. También el estruendo de barriles metálicos cayendo desde un camión de reparto, la alarma de un camión municipal advirtiendo de su marcha atrás y una motocicleta que debe transportar a un individuo al que no preocupa molestar. El sonido de la peculiar música de campanas de Nuestra señora de las Angustias, en Granada ¿como era? Abro los ojos y los elevo al cielo.

Siento un cansancio inmenso, como si hubiese estado nueve meses en movimiento continuo, como si mi cuerpo hubiera evitado caer a tierra cada vez que me acercaba a ella o me movía lentamente en la fría altitud donde solo yo y mis iguales dormitan. Ha sido más tiempo, casi cinco años ya. No es esto otra migración, es un viaje a ninguna parte. Esta noche he soñado que volaba con los Apus apus.

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