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Por entonces había formas que no hacía falta guardar, la gente se mostraba tal como era y los turistas aún no fluían por las calles cámara en mano fotografiándolo todo como si fueran peritos judiciales en el escenario de un crimen. El pequeño caudal del río sorteaba las bolsas de basura, algún tresillo de skay rojo y escombros que, como cera derretida, fluían desde los altos muretes de piedra oscura rodando balate abajo entre higueras nacidas en unos gramos de tierra acumulada en las fisuras de un muro.

Durante el curso escolar me movía en el triángulo formado por las Plazas de Gran Capitán, Bib Rambla y Gracia. Los juegos más practicados eran el churropicoterna, la lima, las canicas, los platicos y las siempre trágicas guerras entre colegios a pedrá limpia que terminaban en pequeñas tragedias cuando brotaba la sangre.

Se lo había escuchado decir a mi padre, una de esas mañanas en que gustaba de leer el IDEAL en la azotea de nuestro piso en el ático de Laurel de la Tablas. Yo me sentaba a su lado y él leía en voz alta las noticias que sabía me gustarían. Mira Jacin ¿no decías que no sabías que hacer este verano cuando os dieran las vacaciones en la escuela? Aquí cuenta que en el Darro se han encontrado pepitas de oro… ¡a ver si nos sacas de pobres, hombre!

Llegado el verano, y con las vacaciones, se desdibujaban las pandillas de los colegios ya que muchos de sus miembros se iban a sus pueblos hasta septiembre. Entonces yo desplazaba mi actividad a Plaza Nueva, donde mi tía Anita tenía un taller de reparación de medias y mis primos eran mis compañeros de juegos. Mi primo Jesús era algo mayor que yo, pero seguía en edad de bajarse conmigo al Darro a buscar tesoros.

Mi primo había quedado esa tarde en la Fuente del Avellano con el Manolín y otros niños más mayores que tenían la intención de meterse en el Hotel del Reuma a espiar. A mi lo que me interesaba era bajar al río y desde allí el acceso nos evitaba las siempre molestas miradas de los adultos. Cuando me quise dar cuenta estaba solo y con el agua del río mojándome hasta las rodillas.

Sin más herramientas que mis propias manos, empecé a sacar puñados de chinas del lecho del río. Cuando las sumergía y las cargaba de los pequeños fragmentos minerales, y un instante antes de salir del agua, parecían brillar cuatro o cinco pepitas de oro que resultaban una y otra vez no ser más que guijarros de colorines.

Los cajistas de la imprenta del Ave María, en aquellos años, arrojaban al río balate abajo los tipos invalidados por mellas o arañazos. No, no encontré pepitas de oro, pero las Garamond, Baskerville y Futuras que pude rescatar, sin yo saberlo, serían la base sobre la que se forjó mi amor por las tipografías.

Eran tornasolados aquellos tipos encontrados en el río, como lo son mis recuerdos de una ciudad en la que siendo niño encontré grandes tesoros.

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