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Nunca antes en la historia de la humanidad el ritmo y consumo de ideas fue tan voraz como lo es hoy, de tal modo que cada generador de ellas es víctima de cien mil depredadores.

Las ideas que un creativo deja de materializar por falta de tiempo, por desgana, por no alcanzar la motivación, porque no terminan de brotar con la mágica intensidad de otras veces, se quedan sin ver la luz  por siempre. No solo no las alumbrará él, si no que nadie más las parirá. Las ideas son intransferibles si no se verbalizan o son descritas, si no se comunican, se donan u ofrecen, no se venden, regalan, entregan. Las ideas no son más que impulsos inmateriales que se desvanecen y en muchos casos pueden llegar a corromperse a base de girar y girar en el laberinto de la mente del creativo si no encuentran jamás salida.

Son las ideas, de todo tipo, las que mueven el mundo. El mundo sin ideas se adocena, se oxida, se empobrece, se descompone, se paraliza. Esto lo saben bien quienes nunca tuvieron una idea y se alimentaban de ellas. Es, de los muchos tipos de depredadores con que se degenera la especie, el ladrón de ideas el más ruin y mezquino pues, a diferencia de otros tipos de victimarios, mantiene con vida a su víctima mientras ésta pueda generar ideas, y ha desarrollado mecanismos para provocar en los creativos la irrefrenable necesidad de generar ideas o morir.

La muerte del creativo llega en el momento en que se convierte él mismo en depredador. Éste es el más sanguinario, el más insaciable, el más terrorífico de los depredadores pues tiene la habilidad, como ningún otro victimario, de atrapar las ideas en el instante mismo en que se producen por lejano y bien escondido que esté el creativo.

En breve un millón, diez, cien, mil millones por creativo. Parece ser el final del hombre y el principio de la bestia.

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