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Nunca imaginó la inventora de la rueda (las cosas sensatas las piensan mucho antes las mujeres) que la perpetuación del movimiento, el desplazamiento lógico de la dura carga, el símbolo de los revolucionarios cómicos del 27, el resorte en el que se decide la suerte, la metáfora de la vida, el bucle embrutecedor e infinito… no imaginó, digo, que a una idea siempre sigue otra. Y que si la primera es de liberación, la que le siga puede ser de eterna condena y represión.

Quienes lanzaron sobre la sociedad europea la idea del bienestar común sabían que los depredadores acechaban y que estos aprovecharían la relajación de la sociedad y las instituciones democráticas para desmantelarlas. Lo sabían pero no podían hacer mucho, o lo que hicieron fue manifiestamente insuficiente. La rueda ahora nos está pasando sobre las espaldas.

Granada, año 1970. Mi padre vuelve llorando de una huelga en la que han muerto unos compañeros. Un tropel de chavéas corremos por El Carril del Picón atizando con palos desgastados neumáticos de motocicleta en una frenética carrera hasta Gran Capitán. Pasamos junto a los furgones grises de la Policía y los uniformados perros del régimen fuman cigarrillos como el amante tras el coito nocturno, y nos miran como el dominante macho miraría a la dominada hembra sobre la que copuló con brutalidad.

La enorme rueda gira majestuosa y los inconscientes ciudadanos llenan sus cabinas garantizando el redondo negocio del feriante que nunca estará lo suficientemente agradecido a quien se imagino un mundo capaz de girar mejor para la mayoría, donde la humanización del trabajo nos condujera a un uso más sensible y espiritual de nuestra inteligencia y donde la fuerza bruta se plegara a la intelectual.

La avenida de la Constitución de Sevilla dibuja aéreas y negras líneas de catenarias y, por el piso, plomizas incisiones conducen las ruedas de tranvías condenados a rodar en movimientos idénticos, previsibles, determinados, dolorosamente miméticos, como las vidas de los ciudadanos pobres de Europa. Todos ellos y cada uno de ellos están programados para rodar como una moneda de un céntimo hasta precipitarse en el fondo de una alcantarilla que jamás será saneada. Lodo, negro lodo y, hundido en él, un céntimo de acero cubierto con una fina capa de cobre.

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