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Ayer hice una foto a mi hijo de cinco años. Salimos a pasear junto al río, con destino en un parque infantil que hay junto a una biblioteca municipal en cuyo nombre se nos recuerda que un día, un presidente de gobierno, sevillano, hizo posible el sueño que ahora, desde ese mismo punto, parece un nostálgico espejismo proyectado desde un pasado en el que muchos creían en un futuro que nunca llegó.

Mi compañera me pidió que disfrutara del paseo con nuestro hijo. No miré mis mail, ni los mensajes en las redes sociales, ni las estadísticas de las web de mis clientes: saqué del bolsillo mi móvil sólo para hacer algunas fotos a mi hijo.

En la última excursión a la Sierra de Aracena, en una tienda donde una anciana vendía de todo, mi hijo descubrió los tirachinas y salió de allí con el más bonico «gomero» que yo he visto en toda mi vida. Desde aquel día la hermosa horquilla de castaño le acompaña en sus paseos por el campo o el parque. Una pareja de policías municipales se nos cruzaron y me preguntaron si no sería peligroso el tirachinas del niño y les hago ver que sería mucho más peligrosa una PSP.

Tras el paseo teníamos que comprar pasta para la fideuá del almuezo. El sol del mediodía empezaba a ser vertical y enormes y blanquísimos cúmulos de nubes nos brindaban una sombra ocasional que se agradecía. Subimos la desvencijada escalinata que nos elevó hasta la calle Torneo y mi hijo observó el mundo desde ese punto con la gallardía de quien se sabe señor de su propio futuro.

En el momento de hacer la foto a mi hijo lo supe. Como lo supimos al elegir su nombre como justo homenaje a sus dos bisabuelos de igual nombre que dieron su vida y libertad por valores hoy amputados a esta triste sociedad: ese pequeño, con su tirachinas en el bolsillo trasero de su jeans, era la imagen viva de una nueva resistencia… suspiré profundamente.

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