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Por lo que supe muchos años después, él empezó a fijarse en mis dibujos y pinturas siendo yo un chavea. Muchos años después supe que él guardaba, en una vieja carpeta de cartón forrada con papel de aguas entonada en colores verdes y caquis, algunos de mis cándidos primeros intentos de narración gráfica. Estaban realizados a lápiz y bolígrafo Bic de tinta negra sobre pliegos de papel de barba, que venían a ser de un tamaño similar a un A3 plegados al centro con bordes irregulares sin guillotinar, que me compraba mi hermano Pepe en un estanco de la calle San Matías.

Él no era de familia pudiente, ni había recibido una herencia o ganado un premio en la lotería, ni siquiera tenía un gran sueldo, pero quería que yo encaminara mi vida hacia el arte y la creación. Tampoco tenía una gran cultura pero me obligó a ir a diario a la biblioteca pública desde muy niño, y cada vez que yo elegía un libro él aprobaba o no la elección con un movimiento de cabeza al que yo no siempre complacía… afortunadamente.

Muchos fines de semana hizo trabajos extras, duras labores en el campo recogiendo garbanzos o aceitunas, para poder ayudarme a comprar materiales de dibujo y pintura. De cuando en cuando guardaba en su carpeta algunos de los dibujos o acuarelas que yo le ofrecía. Él se había convertido en mi mecenas.

Fui creciendo y aprendiendo a dibujar, grabar, estampar, pintar: la Escuela de Artes Aplicadas era más importante que mi casa y en ella pasaba las horas sin darme cuenta… él sufragó los gastos de mi primera exposición, incluidos catálogo, cartel, invitaciones e incluso la copa de vino que se sirvió en la inauguración.

Me pagó viajes a Cuenca, Madrid y Barcelona para que pudiera ver exposiciones y museos que consideró fundamentales para mi enriquecimiento y crecimiento profesional. Él siempre me acompañó, siempre estuvo a mi lado, su vida parecía no tener sentido sin la mía. Llegó un momento que parecíamos uno solo…

Han pasado más de cuarenta años y le estoy profundamente agradecido por sus desvelos, sus esfuerzos, su generosidad, su incondicional apoyo, sus consejos, sus silencios, su compañía, su comprensión, su feroz crítica…

Durante todo este tiempo ha sido mi mecenas. Ahora, en estos tiempos duros, grises e inciertos, ya no puede ayudarme más, lo poco que tiene lo necesita para dar de comer a sus hijos y poco más. Permíteme que te lo presente, se llama Jacinto Gutiérrez y ha sido mi mecenas hasta donde ha podido…

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