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A lo largo de nuestras vidas, consciente o inconscientemente, regresamos a espacios, momentos, lugares, sentimientos o incluso olvidos vividos. Es tan grande a veces la regresión que nos reencontramos con instintos olvidados y atávicos.

Me pregunto cuanto puede tardar un ser humano en recuperar algo perdido tras miles de años de evolución ¿por qué cinco dedos, o dos ojos, o un apéndice?

No siempre estuvimos conformados morfológicamente como hemos llegado a hoy. No lo recuerdo, lo olvidé, pero respiraba bajo el agua y sobre ella se traslucía el abismo incierto de un cielo estrellado, misterioso, lleno de monstruos imposibles y unos lejanos orígenes difíciles de probar.

Me miro en el espejo y veo en mi cuerpo extrañas combinaciones que el espejo mismo ha modelado como convencionales y posibles; humanas.

Surgen, como respuesta a la agresión extrema a la inteligencia, instintos atávicos. Extrañas ideas que parecen encajar como un guante de seda sobre los cinco dedos de nuestra mano.

Instantes de lucidez recuperada. Hay instantes en los que parece que una idea clara y diáfana es la respuesta a la oscura duda que nos plantean nuestros depredadores. Instantes fugaces que se van tan fugazmente como aparecen…

Y nos palpamos la cabeza con las dos mano, como sujetando una idea que se evapora, como un fuego fatuo desprendido en vida ¿en vida?

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