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El día que murió mi padre en Granada, los almendros estaban en flor. El día que nació mi hija los portugueses celebraban que un día metieron claveles en los fusiles de los soldados. El primer amanecer junto a mi amante compañera, además de nuestros ojos, se abrieron los azahares de toda Sevilla. Las bignonias explotan en el Aljarafe para celebrar los nacimientos en agosto de mis otros dos hijos. Sí, claro que recuerdo tus nardos, y las rosas de ella y aquella margarita que regalé a la hermana de la niña a la que amé en silencio durante tanto tiempo. Mi tío Jacinto quiso que el mío fuera el recuerdo de él: como la flor que brota en la rama en la que otra flor murió.

Cuando paseo por Granada junto algún naranjo en flor recuerdo el amanecer sevillano, el profundo amor que fue cayendo pétalo a pétalo para dar paso al fruto que maduro hidrata nuestras vidas. Cuando paseo y me detengo junto a un par de almendros en la puerta de una casa baja con jardincillo en la zona de Nervión, Sevilla se me aparece como la cuna de mi padre, la ciudad en la que él nació y a la que solo volvió de mayor y una vez al año para trabajar en su feria. Cuando recojo los últimos enseres antes de devolver las llaves de la casa en la que un día plantamos bignonias, almendros, rosas, naranjos y hasta jacintos, siento que no somos otra cosa que floraciones de un mismo árbol, y que cuando nos desvanecemos pétalo a pétalo nos extendemos por un mundo que está en continua floración.

Nunca desojaré una margarita para saber sí o para saber no. Como una Rosita soltera encontraré en el lenguaje de las flores el curso de mi propia vida: Gota a gota; beso a beso; lágrima a lágrima; sonrisa a sonrisa; pétalo a pétalo.

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