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…y llegó el momento en que las bonitas palabras hubieron de ser sustituidas por hechos: la poesía escrita debió dar paso a las caricias sin verbo y «la buena educación».
Hace diecisiete años engañé a otra inteligente mujer. La convencí de mi amor y de que «yo no era así, que cambiaría». También utilicé armas de mujer ¿cómo si no?… las suyas son las únicas herramientas de mover mundos. También el de los hombres. El mío.

Cada día fracaso en mi inútil intento de estar a su altura… y aunque sé que me quedaré muy lejos de alcanzarlo, creo que no cejaré hasta conseguirlo…

Debe ser terrible tener que soportar la arrogancia y la chulesca superioridad ignorante sin sentir desprecio por todo un género, pero hasta en eso son maestras y nos enseñan, lo intentan sin cejar, a superar nuestros complejos, nuestros muchos y dramáticos complejos.

La educación judeocristiana que recibimos nos dejó tocados, tarados, incapacitados de manera casi irreversible. La única terapia posible es la imitación, la senda que nos marcan una y otra vez sin que nosotros queramos hacer el camino, o lo hagamos con ataques de pánico que nos hacen dar media vuelta y regresar una y otra vez al transitado y oscuro túnel del que ellas nos intentan sacar.

Gracias compañera, compañeras, por los esfuerzos, por los años perdidos, por la insistente labor de transformación de un mundo destrozado por cojones día a día, siglo a siglo.

Gracias mujer, por intentar rescatar de lo más profundo mi feminidad.

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