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Cuando tomé la decisión de abrir este blog ya sabía que no me distinguiría por la constancia. No soy persona perezosa, ese no es el motivo. No soporto hacer dos veces el mismo camino para llegar a un mismo destino. No sé si esto tiene que ver con algo que me pasara en una vida anterior o es propio del uso descompensado de mis hemisferios cerebrales.

En las últimas semanas me senté ante el teclado a contar cosas por caminos ya andados, y aunque las cosas a contar eran «nuevas», los senderos que me llevaban hasta ellas eran terriblemente familiares, al extremo de dar la vuelta a medio camino o, sencillamente, cambiar el rumbo para pasear meditando sin más.

Cada acto de un sólo ser produce efectos directos en el resto de los seres, no tengo ninguna duda sobre esto. La escritura es un acto de un individuo que funciona como palanca, como polea, como rueda… y hace fluir en los demás actos encadenados a los propios o complementarios a ellos. Algo así como una rama que arrojamos al río para que sea arrastrada por la corriente y seguir con nuestra mirada, capaz ésta (tampoco tengo dudas sobre esto) de conseguir desvararla cuando queda detenida ante un obstáculo en su camino río abajo.

Nunca antes el ser humano fue más leído. Cualquiera de nosotros, a poco que interactuemos en las redes sociales, generamos ideas sobre nuestras inquietudes, miedos, fobias, anhelos… que se transmiten como una mecha de pólvora al final de la cual estamos nosotros mismos… y no hay nada más poderoso para hacerte saltar de tu poltrona que escuchar tu propia «verdad» en labios ajenos.

Llevo semanas recibiendo mis propios mensajes de las plumas más sensatas y virtuosas a las que me gusta seguir y emular, y el mensaje es claro y contundente como mis propios deseos. Así, en el eco de mis palabras parece disolverse mi miedo, y la voz que exige justicia social resuena en lo tímpanos de los poderosos como el eco tenebroso de las películas de terror de serie B americanas en los oídos de niños asustados que saben lo mal que está sacar de la cartera del compañero de pupitre el bocadillo ajeno tras comerse el propio.

Te lo digas como te lo quieras decir, es la hora, un minuto más nos hará llegar tarde: ¡levantémonos!

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