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Cambia, todo cambia. Pero no así el compromiso de una parte aún significativa de la sociedad civil… la denostada y burlada sociedad civil.

El siglo XX es el el sarcófago en el que se han enterrado las bondades de una sociedad que llegó a sentirse avanzada, moderna, casi ilustrada. Cambia, todo cambia para seguir igual. Igual que en el siglo XIX… y el XVIII, el XVII… porque en esta sociedad de castas, realmente nada cambia nunca, salvo las apariencias y las alianzas, que cambian según se hacen necesarias para que nada cambie para las castas.

La sociedad civil luchó por sus derechos desde su primera consciencia como sociedad civil, desde el día mismo en que Hegel le pone nombre y apellidos, incluso antes, pero en el sarcófago del siglo XX nombres como el de Hegel no parecen ocupar más espacio que el de una partícula de polvo (los Marcuse ni eso…).

Los derechos de la sociedad civil cambian y todo cambia… para que todo continúe igual.

La sociedad civil ha sido encajada en un callejón estrecho por el que en fila y de a uno iremos pasando hasta ser esquilados por fuera, por dentro y hasta en lo más íntimo de nuestra virtualidad. Cambia, todo cambia. Ahora los pobres ciudadanos defendemos a magnates a los que se desposee de bienes entre los que están pequeñas posesiones nuestras: las mismas que serán la prueba del delito, los elementos que serán usados, llegado el caso, para silenciar nuestro balido.

Entre los ensordecedores balidos de pánico y rábia se pueden escuchar algunas voces si se pone cierta atención: ¡Aleluya, hermanos: cambia, todo cambia. Al fin llegó la edad media y en ésta no hay sociedad civil, soló esclavos!.

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