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Transcurrieron años antes de que fuera capaz de pasar por aquel rincón poco iluminado del portal sin que se me erizara la piel. En ningún sitio está escrito, pero quienes vivimos allí sabemos que la Plaza de La Trinidad es el centro, el punto cero, el espacio entorno al que giran los demás espacios de la ciudad. Nuestra calle era uno de los radios de aquella rueda y mi portal era de los más cercanos al eje. Solería de mármol castigada por el tiempo y los moradores del edificio y zócalo a media altura de estuco color grafito veteado en blanco por una compleja red de finísimas venas.

Tras el gran portalón de madera con grandes aldabones dorados, en el zaguán, colocaron aquella mesita cubierta por una gruesa tela de terciopelo negro canteada con remates dorados que se desparramaba como abrigando el frio mármol del piso. Nosotros éramos los del tercero. En el segundo, durante meses, un agónico anciano parecía hablarle a las sombras. No se le veía, pero por el sonido de su ahogada garganta, parecía agonizar postrado en cama. Él suplicaba la presencia del padre confesor a cada instante y éste no paraba de entrar y salir un día tras otro. Sus confesiones se producían a grito pelado y llegaban hasta nosotros terroríficamente nítidas.

Un libro con sus páginas en blanco, encuadernado en cartoné, forrado en piel y con cantoneras de cuero, con lomo redondo y cabezada de raso brillante al igual que el testigo de lectura, y guardas negras y aterciopeladas como la propia tela de la mesa, contrastaban con el bolígrafo Bic cristal de tinta y capuchón azul atado con un cordel a la pata de la mesa para que nadie se lo llevara «por equivocación». El viejo les suplicaba, por el amor de Dios, que se fueran, que él solo cumplía órdenes, que nunca tuvo nada contra ellos, que en la mayoría de los casos era amigo de las familias del finado… que se fueran, que volvieran a sus cunetas, que nadie los quería fuera de la fría tierra después de tantos años… se escuchaba una ventana y una puerta que se cerraban apresurada pero discretamente, que sólo conseguían tamizar la relación de nombres propios, apellidos y motes que le seguían. Los nombraba y situaba en el pueblo con su condición de padres, hijos, maridos o hermanos. Era una macabra crónica de su papel en la guerra civil que siempre finalizaba con el rezo del rosario con la aguda y cansada voz de dos o tres mujeres coreando monótonamente al cura.

Siempre permanecía cerrado aquel portalón, pero ahora estaba abierto, y algunos ancianos que pasaban por la puerta se detenían y cruzaban el umbral para firmar sobre las amarillentas páginas de aquel libro. El día que falleció el del segundo no llegó a tiempo el padre confesor. Para mi padre era la evidencia del castigo divino y el preludio del fuego eterno…

Hoy es otro libro, impreso en rústica, cosido con hilo vegetal y compuesto en caracteres de la familia Sabon el que me trae a la memoria aquel episodio. En este libro de edición económica, con papel registro a una tinta, leo el nombre del pueblo natal de mi vecino del segundo. Paso mi índice sobre el listado de los nombres de la represión franquista allí y la galerada se convierte por un instante en el zaguán de mi vieja casa de Granada, y un escalofrío me recorre todo el cuerpo, y me aterrorizo al recordar aquellos negros brazaletes sobre los grises trajes de aquellos ancianos que firmaban sobre aquel libro en blanco. Sé que tiempos como aquellos están por llegar.

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