Conocí a a sus dos antecesores. A Mario lo conocía desde niño, de Granada. Mi padre y él charlaban en encuentros ocasionales por la ciudad. Para mi padre El Kremlin de Moscú y Mario tenían la misma importancia en la historia. Años después, en Sevilla, fuimos vecinos y realicé algunos diseños para su compañía en honor a mi viejo más que por otra cosa (algunos de aquellos trabajos nunca terminé de cobrarlos)… a Cristina me la presentó Alberto y nunca hemos pasado de la cordial relación profesional y mi lógica admiración por su talento (Jorge desde Chile me comenta de ella y su amistad recién cultivada) . Ahora he tenido la oportunidad de conocerle a él.

Cuando se alcanza el descreimiento casi total, y se tienen en perfecto funcionamiento los mecanismos racionales e irracionales de la propia sensibilidad, no hay mayor placer (ni honor) que tener la oportunidad de conocer a un artista real, total. Y Rubén lo es.

En medio de un ambiente general tenebroso, en la incierta relación con trabajadores públicos que no saben que será de ellos mañana, sufriendo de un panorama cultural sobre el que van cayendo paladas de arena yerma, habiendo pasado la sociedad del «estudias o diseñas» a la del «bueno, inútil y barato» y con la casi absoluta certeza de que esté será el último encargo de «esta gente» después de treinta años, tengo la enorme suerte de ver que la vida sigue, fluye, se regenera en medio de la oscuridad y el desasosiego porque los artistas siguen ahí, y alguno, en estado puro.

El primer encuentro fue a deshoras en el marco de una larga sesión de trabajo con todo el equipo técnico, de dirección y de producción. Él observaba y se mordía la lengua. Escuchaba y aprendía. Escuchaba y… al final habló, con total humildad y en un tono profundamente respetuoso con las opiniones de todos los demás, y lo llenó todo, lo dijo todo, le entendimos todos…

El segundo encuentro fue mágico. Cuando entré en la sala de ensayo estaba sentado frente a toda la compañía que interpretaba una de sus coreografías. El brillo de sus ojos iluminaba todo el espacio y a todos los que allí estabamos. En los ojos de los bailarines se apreciaba una luz contagiada de la del maestro. Pura energía. Puro entusiasmo. Puro arte…

Él hablaba a sus bailarines con ternura, profundo respeto, admiración… total empatía. Él se prestaba a colocar bien unas zapatillas de un bailarín, y lo hacía sin soltar sus castañuelas (me quedo con las ganas de usar el localismo «palillos», pero no soy aún lo suficiente sevillano para ello…) con agrado, con entrega… con la obligada generosidad de ser el más grande.

Salí con la epidermis revolucionada, erizada. Aquello era nuevo para mi, no el baile, la música, el escenario… era nueva aquella sensación de estar ante algo grande, único, desbordante… nos abrazamos y nos despedimos. Cuando los mitos se te van cayendo uno tras otro, que puedas añadir uno nuevo es vital para renovar la admiración por la especie. Algo de luz en la oscuridad de esta larga noche que vivimos.

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