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—…era un trabajo agotador: consistía en ir y venir a uno mismo, durante toda la vida, para terminar dando por bueno todo lo que a bien estuviera por decirme.
—¿Y ya no lo es?
— No, he dejado de cuestionármelo, cuestionárselo todo. Así todo planteamiento que formula lo asumo como propio, lo acepto. Nos empezamos a llevar bien, después de cincuenta años hemos decidido no solo compartir cuerpo, ideas, espacio… también hemos decidido compartir el alma
—¿Alma?
— Bueno, él le llama espíritu…
— ¿Y tú?
— Yo no le puse nombre, pero entiendo que es color, luz, energía…
— ¿Y en que se diferencian?
— Semántica, es cuestión de semántica, aunque durante décadas, siglos, milenios, fue motivo de controversia al grado de llegar casi a las manos
— ¿Lo hicisteis?
— No, pero estuvimos cerca
— ¿Cuanto?
— La distancia que hay entre dos manos separadas por un tronco y sus dos brazos… apenas un cuerpo…
— Se diría que estáis muy cerca el uno del otro, que habitaseis el mismo cuerpo…
— No, no. Realmente no nos hemos visto en la vida, quizás ocasionalmente sí, nos cruzamos en esta ciudad… es posible que podamos haber coincidido permanentemente en mil ciudades, a todas horas, en todo el planeta… no, no compartimos cuerpo ¿o sí?…

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