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Si tuviera que decir qué sentimiento es el que más he tenido la oportunidad de experimentar a lo largo de mi vida, y ya puedo decir esto con propiedad tras cinco décadas pisando la hierba, es el que me han hecho sentir los demás de no llegar a tiempo a los momentos cruciales de mi propia vida. Me pasó con la pintura, el diseño, el sexo, el conocimiento, los scout, los hijos, el trabajo, los desamores, la militancia, el descreimiento, las drogas, los odios, los amores…

Son dos tiempos paralelos los que tenemos que vivir: tiempo biológico y tiempo social. Si no los sincronizamos, entramos en grave conflicto con nuestro entorno.

Recuerdo mi primera experiencia sexual compartida siendo ya un muchacho. Hasta un minuto antes del gran momento, de la gran consumación de un deseo larga y tristemente postergado, ese momento se había retrasado hasta la desesperación, pero un minuto después estaba seguro de que debería haber esperado, que ese no era el «ese» gran momento… dos minutos bastaron para sentir que la percepción del tiempo, de los tiempos, es tan subjetiva como la grandeza de nuestros propios deseos.

No uso reloj, no lo necesito. Si se me despierta en la noche cerrada sin luz alguna y se me pregunta la hora la daré con un error de más/menos cuatro o cinco minutos.

Hace unos años, cuando le di la vuelta entera a mi vida (…), me planteé cambiar de país (de mundo), pero no encontré la geografía (interior) en la que reencuadrar mi vida, recolocar mi cuerpo, sincronizar mis tiempos…

Ya lo he dicho aquí no hace mucho: el planeta palpita más acelerado, anormalmente acelerado. Se acelera para alcanzar una nueva normalidad en sus tiempos que son también los nuestros… y mi pregunta se encuentra entre esos cuatro o cinco minutos que no alcanzó a clavar…

Mi reloj biológico está en modo de alarma: suena y suena, y no me encuentro el botón que presionar…

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