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Era la crisis del 92, muy distinta a esta y de la que habían pasado ya un par de años. No estaba yo pendiente, ya que en paralelo se desarrollaba la que me había forjado sobre mi espalda disfrazada de yunque: el que esté libre de disfraz que arroje el primer antifaz…

Un hijo pequeño; una relación afectiva en prolongada agonía; una agonía con un socio; un cuerpo a punto de romperse por los excesos; el enclaustramiento laboral como cobarde salida…

Una frase que me decía mucho ya por entonces y hoy es eslogan electoral: «otro mundo debe ser posible!…». Sí, y desear es lograr. Deseé con tantas fuerzas una vida distinta, digna, humana… que se me presentó. Yo, que nunca salía, que pasaba las horas vivas (y muertas) ante mi mesa de trabajo, que no me relacionaba más que con mis viejos clientes, con mis agotados sueños y frustraciones, mis fantasmas…

Se sentó delante mía, en mi despacho, me sonrió y se multiplicaron por diez mis esperanzas de vida. Me enseñó esa vida nueva, me la sirvió y engullí a grandes sorbos. De aquellos primeros días de mi vida nueva es este retrato que ahora saco del marco para poner el magistral dibujo de nuestro hijo Antonio (ya no se compran más marcos en esta casa!…), es una de aquellas polaroid cuadradas con márgenes blancos y reverso negro y «acolchado». En la foto se me ve 17 años más joven, con un recién estrenado aspecto juvenil y una estúpida sonrisa de triunfador. A mi lado, con rasgos de evidente inteligencia y valentía, una hermosa muchacha.

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