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Un hombre me observa desde la confortable y fresca sombra de su estancia dentro de una fotografía…

No hay duda para mí de que el pensamiento es el todo, el ensamblador de las partes visibles e invisibles, el administrador de la energía universal, el señor supremo al que nos empeñamos en sustituir por otros de cartón piedra. Fuera del pensamiento nada existe, la existencia de cualquier cosa se determina en él.

El libro me apasiona. Tiene la virtud de ser el universo contenido en un pensamiento materializado. Mi pasión no está motivada tanto por los conocimientos o la literatura contenidos en él, que también, es más por el complejo y hermoso objeto que constituye.

He tenido la suerte de hacer de esta pasión mi modus vivendis, hasta ahora. Me temo que de lo que viviré en el futuro inmediato está poco claro. El diseño y la edición gráfica de libros ha sido mi actividad profesional principal. El libro en el que ahora trabajo, y que tengo la sensación de que será el último (…), es una guía de arquitectura y paisaje de Sucre, Bolivia.

La aparición de los ordenadores personales y su «democratización», que celebré estúpidamente como el que más, han hecho estragos en muchos sectores profesionales, productivos y de conocimiento. En el mundo de la edición gráfica hace veinticinco años intervenían varias docenas de especialistas (técnicos, impresores, artesanos…). Hoy se pueden contar con los dedos de una mano… y estos parece serán amputados también.

Así es como me veo en las labores de retoque y optimización de las fotografías de la guía para su correcta reproducción impresa.Trabajando con Photoshop en el silencio de la noche y de las propias fotografías, que en este caso tampoco dicen mucho, me encuentro con una distinta a las demás. Estamos en la que se corresponde a un edificio de la calle Junín, entre Urcullo y José Balliván (distrito 01, manzano 59, lote 12), «Uno de los mejores ejemplos de arquitectura de finales de la etapa colonial…». En la fotografía vemos la fachada en perspectiva del edificio. Varios balcones y una ventana en la planta superior. Un portal y varios locales comerciales en el nivel de la calle. En el plano cerca del espectador se puede leer un rótulo pintado sobre una chapa blanca, con caracteres latinos condensados en versalitas y en color rojo vivo, la inscripción «PELUQUERÍA RESSINI», y en otra línea debajo, en color negro y con tipos de palo seco «CORTES: Caballeros Niños». Una puerta acristalada, de palillería, con dos fijos a izquierda y derecha decorados con fotos de cortes de pelo y una puerta central abierta, tras la cual se aprecian unos volúmenes en la sombra del interior. Aunque la foto no se reproducirá a un tamaño que permita ver los pequeños detalles, siento el impulso de ampliar la imagen como queriendo entrar en la peluquería, y es cuando de forma inesperada descubro que yo estaba siendo observado.

…es un hombre sentado sobre uno de los tres sillones de barbero enfrentados a espejos.Viste una bata blanca. Sus piernas están muy cruzadas la una sobre la otra, lo que nos dice de su delgadez. El tronco lo tiene ligeramente girado hacia la calle, y nos mira con su mentón apoyado sobre su puño y su codo apuntalado como un bastón sobre el reposa brazos del blanco y regulable sillón, en un gesto que me trae a la memoria la imagen de otra fotografía, la del poeta peruano César Vallejo en el Parque de Versalles aquel verano de 1929…

Pongo el ordenador en reposo y decido acostarme un rato. Mientras me duermo mi consiente me dice que mi subconsciente se ha sentado junto a Ressini, el peluquero de Sucre, y se mantendrá una larga e interesante conversación.

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