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El concepto gente siempre me sonó a singular, a cuerpo de partes seriadas y numeradas que cuando fallan o se gastan inmediatamente son sustituidas por otras generadas por el propio cuerpo.

El Concepto persona siempre me pareció fundamental para constituir el plural: elemento singular e irremplazable que tiene la virtud de desaparecer manteniendo un espacio en la memoria de otros.

La gente vista desde mi balcón, a unos veinte metros sobre el firme de la calle, parece segura de si misma. Da la sensación de buen funcionamiento. Sus múltiples partes muestran una interesante armonía colectiva a esta distancia, como lo harían los granos de arena de una duna móvil y, como en ésta, cada grano inanimado se desplaza junto a los demás constituyendo y haciendo posible la existencia de la duna. No todo son granos de arena en una duna, si te fijas hay algún que otro elemento orgánico mezclado entre los millones de fragmentos minerales arrancados a la piedra por la erosión, son briznas vegetales, pequeños insectos o partículas de cuerpos descompuestos que buscan nuevos cuerpos que componer.

Observando a cierta distancia, digo, es inevitable distinguir personas entre tantísima gente, pero hay que abrir los ojos de par en par no sea que, si eres persona, termines por razones de empatía otorgando virtudes orgánicas a lo que no son más que partículas pétreas desplazándose por la fuerza del viento.

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