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Solemos construir nuestro mundo sobre excrementos, casi siempre humanos. Es como si en el hedor pasado pudiera encontrarse algún aroma futuro…

A lo largo de nuestra vida recibimos estímulos y frustraciones con la misma intensidad con que llegamos a olvidarlos. La educación que nos imponen padres y maestros (y todo el que puede —nosotros mismos—) termina calándonos hasta la luz al final del intestino… terminamos siendo lo que otros deciden. Y los otros también son nuestra propia escoria.

No tardamos un solo segundo en perdonarnos las idénticas «virtudes» que imitamos de nuestros mayores y que tanto sufrimos y deploramos de niños.

Siempre me deslumbró la dignidad de personas (en África se da mucho) que sobreponiéndose a su realidad son capaces de construir un día a día lleno de dignidad. Pueblos que no se han impregnado de la suciedad occidental, que viven humildemente con lo mínimo y sus cuerpos, sus hábitat, sus caminos están limpios de porquería, de residuos humanos, de chatarra mental, de ideas en descomposición… tienen falta de proteínas pero les sobra la luz… no lanzan sus miserias dentro bolsas de plástico y las amontonan en su futuro… y caminan durante horas para encontrar el agua con que asearse.

Somos lo que decidimos ser, vivimos como queremos, queremos lo que no tenemos, y somos incapaces de ir a buscar durante kilómetros bajo un sol abrasador. Tenemos la vida despreciable que desde el desprecio a nuestro mundo hemos moldeado. Nos hemos hecho a imagen y semejanza de lo peor de nosotros mismos. Estamos condenados, por todos nuestros excrementos, a no vivir una vida nueva. Ya no. La tendrán que vivir otros.

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