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En 1969, recién llegado a Maracena, pueblo de mis padres muy cercano a Granada, dejando atrás Guipúzcoa, la provincia que me vio nacer, una de las cosas que más me llamaron la atención y me crearon la necesidad vital de pasear sin paraguas bajo la lluvia, fue la tremenda sequedad ambiental, el polvo sobre la calles de tierra sin pavimentar, las viviendas sin agua potable, los pozos casi secos… Un «hombre del agua» nos la traía en una cisterna oxidada, con ruedas, tirada por mula, al grito de «¡niñas, al agua vamos!», pregón que hacía en los cruces de aquello a lo que algunos llamaban calles y donde nos arremolinábamos mujeres y niños con cántaros, calderos y baldes que llenaríamos de aquel vital líquido. Al no disponer de agua potable, la mayoría de las viviendas tampoco tenían cañerías, ni grifos, ni cuartos de baño. En el mejor de los casos una letrina en el corral. Algunas viviendas más modernas (…), como la que le alquilaron a mis padres, no tenía corral. La nuestra era de las pocas viviendas del pueblo que tenían instalación de conducción de agua (con sus grifos y todo) y cuarto de baño con inodoro y bañera!, pero las tuberías asomaban mostrando sus muñones de plomo en la fachada principal, junto a la puerta de entrada. Ni letrina ni pozo, pero baños alicatados hasta el techo. El aguador no venía todos los días, sólo los laborables en principio… en definitiva, la nuestra era una de las «mejores» casas del pueblo pero las aguas mayores las teníamos que empaquetar y enviar sin remitente ni sello a un descampado cercano (una mierda de sitio)…

Tras casi cuatro años de «crisis económica» y con la sociedad del bienestar haciendo aguas por todas partes por los abusivos y absurdos planteamientos de las autoridades económicas y políticas de nuestros gobiernos, tiende uno, que de niño vivió tan traumáticamente aquella España, a verse otra vez en las mismas: en una sociedad alicatada hasta el techo, con grifería de diseño catalán, con bidé provisto de tapadera, y lavabos con senos dobles y basamento de mármol travertino y remates de cuarzo Silestone… pero cagando dentro de una bolsa de «El Corte Inglés» y revoleándola por la ventana al descampado más cercano. Eso, o montando un corral con gallinas en el balcón del piso hipotecado y sin poder pagar, y haciendo un agujero en el suelo del salón por el que poder depositar sobre la cabeza del vecino de abajo los excrementos de una vida nueva.

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