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De niños jugábamos en las obras (por entonces todavía se construían casas…) y nos hacíamos nosotros mismos, con los restos de materiales tirados por el suelo, algunos de los juguetes más valorados y que no traían los reyes magos: limas; tejos; tizas de escayola; tubos currugados de plástico… sí, aquellos amarillos para meter cables eléctricos por dentro de la pared. Ese era el artilugio que a mí más me gustaba: un extremo se pegaba a la boca y el otro a una oreja. Podías pasar horas emitiendo sonidos guturales, onomatopeyas, dar larguísimos mítines que terminaban convenciéndome a ti mismo e incluso emocionándote!…
Lo que nos vendieron bajo el eufemismo «sociedad de la información» parece haber calado irreversiblemente en la población general y en la preocupada por las libertades en particular. Las redes sociales, como aquellas escombreras a la puerta de las obras, son el espacio en el que aquellos niños ya mayores damos forma a nuestros sueños con materiales que en algún momento la pala depositará en el olvidado espacio destinado a ello. El juego es muy parecido: denunciamos en las redes sociales la ineficacia de los políticos (como en el tubo currugado), los abusos del poder, la degradación de esta democracia, la pérdida de derechos y desintegración de la sociedad construida con lagrimas sudor y sangre por la sociedad civil europea durante más de cien años. Es ahí, en el eufemismo virtual sin currugar, donde damos los gritos, los que sólo oímos nosotros mismos, nadie más. Es momento de salir a la calle, de unir voces, de trabajar codo con codo con cuantos estén dispuestos a defender un modelo social justo para los pueblos. Salgamos a la calle y gritémosle a los que están a punto de enmudecernos, de empobrecer nuestras vidas. No te grites, no estás aún sordo.

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